Al encuentro del hombre sin alma

«Mi dispiace», dice el hombre a través del portero automático, mientras los dos viajeros se miran entre sorprendidos y apurados, ante la evidencia de que el hombre piensa colgar el dispositivo y dejarlos allí en medio de la calle. Les preocupa por una idea irracional de que nunca más podrán comunicarse, de que en cuanto el hombre cuelgue nadie volverá a responder y entonces tendrán que volver a caminar con el equipaje hasta el otro hotel, el hotel original que quedaba precisamente al otro lado, saliendo nuevamente hacia la autovía, por unas cuestas desde las que se contemplaban perfectamente el Mediterráneo y el Golfo de Nápoles. Entonces, en un momento apurado, Viajero No. 2 empieza a articular cualquier palabrería en italiano (o en lo que él piensa que es italiano), creyendo que lo importante es hablar, devolver la vida a ese hombre sin alma a través de la palabra.

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Sobre estar en tres países al tiempo (o viajar a Francia y acabar en Suiza)

Haciendo el salto temporal, en aquella escena dos Sebastianes se observan a través de una reja, cada uno con su corporeidad asentada en un país distinto. Lejos de lo poético y simbólico, la verdad es que cada uno quería pasar al otro lado, más que nada por todo el asunto habitual del reencuentro y el abrazo, esas cosas que vienen después de cada viaje cuando toda la historia se cuenta no a dos sino a cuatro manos. A decir verdad, más que buscar la manera de franquear esa barrera que desde todo punto de vista parecía excesiva, lo que deseábamos era que yo pasara del lado suizo al francés de alguna manera; luego marcharíamos sonrientes hacia Mulhouse, donde vendría cualquier plan trazado a medias, aunque siempre mejor trazado que estos otros planes que ocurren cada tanto en Barcelona y que al final se acaban dejando suceder como mal que bien dejamos que nos suceda la vida.

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