Comida en una casa de familia

Este recuerdo empieza con algunas frases que quedaron después de aquel día:

“Una familia que se repite y se transforma fácilmente en todas las familias.

Sentarse en torno a la mesa y hablar de comida, de ciudades, de variaciones idiomáticas. La confluencia de uno y otro lenguaje como en un juego sin reglas. Los movimientos fáciles y expertos de la madre alrededor de los objetos de cocina; la destreza en la sustitución de un plato por otro sin que haya ruptura de los ritmos de la media tarde. Así hasta el final, desde los primeros vasos de vino casero hasta el sorbo de la última gota de café, antes del licor de mirto.

La conversación fascinante de una pareja mayor que calla o participa en cada instante preciso. El intercambio de historias sobre la fundación de la isla, aquello que revela su propia presencia en mitad de la mesa y que no acaba por ubicarse de la forma correcta en el tiempo.”

Este recuerdo empieza a escribirse desde el mismo instante en que un pequeño perro se deja acariciar justo después de la verja. Los padres de nuestra amiga salen a recibirnos  y nos invitan a entrar tanto en su casa como en ese bonito ritual de domingo (o lunes; martes, tal vez), que se irá abriendo hasta mitad de la tarde. Nos hemos colado en la dinámica de una comida familiar sin desentonar, sintiéndonos tan bien recibidos como si fuésemos alguna forma de primos lejanos, un tanto más lejanos por nuestro español como lengua materna.

Hemos hecho un viaje no muy largo. Nuestros amigos nos han recogido en Cagliari y hemos tomado alguna autovía por entre distintos tipos de paisajes. De acuerdo con el dato que nos va a arrojar la enciclopedia hacia el final de la tarde, Cerdeña es una isla con una superficie cercana a los 25000 km2. Este hecho nos hará manifestar cierta sorpresa por lo vasta que suena, conforme al dato dictado por el padre. Será él quien consulte un par de veces algunos tomos en el estante; lo hará de la misma manera como lo haría el mío, poniéndose primero los anteojos y yendo rápidamente aunque sin demostrar impaciencia, a calmar su propia curiosidad. Así, pensaré de nuevo en lo mucho que recuerdan a mi propia familia, pero en cambio diré alguna otra cosa, como que no he tenido la sensación de encontrarme en una isla.

Llegamos a un pueblo hacia la zona centro-occidental de Cerdeña, cerca de Oristano. Un pueblo tranquilo de casas relativamente grandes que parece descansar al mediodía. Hemos atravesado distintos paisajes, algunos de vegetación amarillenta y seca con ciertas apariciones de campos de olivos; zonas con un ganado solitario que da la idea de haber crecido de la tierra sin intervención del hombre; algunas montañas con unos cuantos complejos de nuraghi que parecen vigilar los promontorios; vías secundarias curvas y a veces estrechas que, salvo por las tonalidades amarillas-anaranjadas, nos recuerdan las carreteras colombianas cuando empiezan a adentrarse en las montañas.

Pronto, estamos bebiendo una especie de licor de menta, mientras finalizan los preparativos. Ambos quedamos fascinados con cada mínimo detalle que demuestra cuánto interés se dedica a la cocina en Italia. El cultivo de plantas aromáticas (basilico e maggiorana) y algunos árboles frutales en el patio, junto a un cobertizo con un gran horno de piedra en el que se ha horneado otra forma del pan típico (guttiau) y donde pronto se cocerá nuestra carne, ese secondo piatto que llegará después de unos antipasti y de un primo suculento, que ya habrá tomado un buen tiempo a mi compañero de viaje y que lo hará caer en una especie de carrera por alcanzar al resto de comensales.

Nos explican en detalle los ingredientes de cada plato, en esa forma elocuente con la que los italianos hablan de su cocina. Nos lo cuentan de tal manera que casi nos sentimos partícipes de la elaboración. Nos dejamos llevar y nos lanzamos, queremos degustarlo todo, olerlo todo, paladearlo; las bandejas van y vienen  y el vino (homemade) se va escanciando. La conversación empieza de una forma lenta y cálida; se habla de la comida, se habla della Sardegna. Nuestras lenguas se van soltando de cuenta del profumo de la albahaca y del aceite de oliva, el italiano empieza a salir despacio, cadencioso, quizá excesivamente torpe. He olvidado conjugar algunos verbos y probablemente hago un uso errado de las preposiciones. Mi compañero de viaje come más lento y de una forma más selectiva; escucha, dice que todo está bueno y eventualmente se lanza a formular frases que van surgiendo sin prisa.

Nuestros amigos nos ayudan y los padres manifiestan que podemos expresarnos en español — que ya ellos entenderán, dicen—, y entonces empieza algo quizá aún más rico: una comunicación en dos idiomas que se alternan sobre dos países que también lo hacen. Hablamos de Italia y de Colombia, como si los uniera algo más profundo que nuestra comida de domingo (o lunes, etcétera). Hablamos de economía, de política, de geografía, de cocina. Va pasando la tarde, la pasta, la carne y llega la elaboración del postre. Las sebadas (guiño repentino hacia los viajeros) empiezan a freírse mientras el calor de la tarde nos va dirigiendo hacia el adormecimiento. Luego se esparce la miel, otro producto típico de gusto y aroma particulares1, y llegamos hacia el final de la comida, mas no de la visita. Como en los grandes banquetes, llega después de la última copa de licor y de la conversación bajo el humo de los cigarros (que no hubo; viajeros y anfitriones quizá excesivamente sanos), el momento reservado a una buena siesta. Nos acomodamos en un salón fresco de la casa y en cuanto ponemos la cabeza en los cojines, dejamos de combatir el sueño dopo pranzo. Mi compañero de viajes no lo hace mal: alcanza un sueño semiprofundo del que no saldría por sí mismo si no lo hubiésemos despertado. Yo, por mi parte, sufro de una enorme inapetencia que me hace preguntar si acaso podré volver a comer; tal preocupación me sustrae continuamente del sueño.

Antes de la despedida, damos un buen recorrido por la zona occidental de la isla con nuestros amigos. Podemos contemplar a lo lejos hermosos paisajes semidesérticos a orillas del Mediterráneo, visitamos un puerto pesquero y atravesamos zonas con enormes cultivos de maíz.

Al partir, profundamente agradecidos, contemplamos con dulzura la bolsa de papel que nos entregan, con todo el guttiau que ha quedado. Así iremos durante el resto de días que nos quedan, buscando nuestra bolsa y mordisqueando con calma el pan, mientras pensamos en nuestras propias familias y en, tal vez, el trozo de postre con el que mi madre o la madre de mi compañero de viaje hubiese despedido a nuestros amigos en una comida en casa imaginaria, allá del otro lado.

2013-08-12 17.55.10

 

1. Se han encontrado algunos versos de Horacio en La Epístola a los Pisones, en los que se menciona la miel sarda. Parece que el poeta no sentía debilidad por este producto, porque habrá sido uno de esos personajes que gustan de la “pureza” en los sabores y que prefieren que lo dulce sea verdaderamente dulce y lo amargo, amargo, en lugar de los maravillosos resultados de las combinaciones:

De una orquesta infeliz la disonancia,
O para ungirse una pomada rancia,
O bien la adormidera
Con la miel de Cerdeña mal mezclada;
Porque aquella funcion mui bien pudiera
Ser buena, sin que de esto hubiera nada:
Así la Poesía,
Que para dar recreo fué inventada,
En vil y despreciable degenera,
Si del perfecto grado se desvía.

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