Comentarios ficticios (traducidos) de un pato de goma francés.

10455404_10152478611190985_5460641797816877137_n

Mi nombre es Jean (se abre al parlante ese listado de posibles formas de decirlo, todas incorrectas). No sé cuántos años tengo, pero calculo un mínimo de tres. Mi fisonomía cumple correctamente las expectativas del público, al menos en lo que se espera de un pato de goma. Claro que, un poco aparte del parecer habitual de que el pato de goma debe ser amarillo, mi color es blanco, muy, muy blanco, aunque en ese estado de excitación que surge en los anocheceres, mi cuerpo adquiere tonalidades luminosas que van en un ciclo de rojo, verde, amarillo, magenta, azul… O eso es lo que ocurría antes. Luego vino esa época en que fui poseído por algún tipo de espíritu luminoso y me veía como imbuido por un éxtasis, tan radioactivo y deslumbrante que a veces paraban sobre mí prendas humanas de todo tipo: la t-shirt, la veste, les chaussettes e incluso la joupe que surge de algún lugar misterioso. Todas cegándome, separándome del resto de ese entorno habitualmente de dos (tres conmigo), que se movía casi de forma continua bajo el sol mientras aquellos dos intentaban descifrar la ruta o deambulaban buscando restaurantes que algunas veces terminarían siendo sosos, en contra de lo que podría yo esperar desde mi silencio, viéndolos ir y volver intentando decidirse. ¿Por qué tardan tanto para todo? Puede ser que ellos no lo perciban de la misma manera, dada la libertad que les confieren sus patas1 humanas, mientras que yo soy casi dependiente en mi totalidad. ¿Qué criatura cruel pudo haber diseñado los patos de goma sin patas2? Mejor aún, ¿qué otro ser sin corazón nos habrá sacado del agua de la bañera y habrá decidido llevarnos por el mundo bajo su regencia totalitaria?

Yo alumbraba las noches. Radios pequeños a mi alrededor, por supuesto; ni tan siquiera alcanzaba a iluminar una habitación, pero aun así era todo un espectáculo para los transeúntes ver cómo me transformaba en esa sucesión de colores y luces, algo tan poco habitual en un pato de goma, ni qué decir en los patos reales. Pero llegó aquel viaje por Italia. Me transportaron a su antojo por pequeñas ciudades costeras al pie de la montaña. Ciudades blancas y de calles estrellas, llenas de escaleras y esquinas, adornadas desde arriba con más telas, prendas humanas y con esos pañolones enormes3 con los que también me habrán cubierto alguna vez y entre los que me habré visto atrapado, asfixiado y perdido, temiendo que esos dos, los terribles, me dejaran olvidado. Claro que en el fondo me gustaba todo aquello a pesar de los temores habituales; había una cierta fortuna en todo eso de haber salido de mi país y estar viajando por otras regiones. Crucé fronteras terrestres, marítimas, aéreas. Hasta llegué a pisar el continente americano (no lo pisé evidentemente. Pero estuve puesto en algunas de sus superficies tal y como continuamente soy puesto en ellas. Hay imágenes mías sobre todo tipo de horizontalidades, planas o curveadas, desde mesas y libros, hasta hombros, cabezas, placas metálicas con símbolos de tránsito, placas vitrocerámicas de cocina, superficie del agua, muros y arena de mar). He viajado, en definitiva; pero aquel viaje cambió para siempre mi cuerpo. Sucede, extrañamente, que no se me daba tan bien el agua. Puede ser que ya me hubiera habituado a la falta de humedad de los espacios por fuera de la bañera. Puede ser que ese par se haya descuidado en exceso, confiando en mis características anseriformes, y entonces haya tragado agua de más. No fue en el mar, tristemente. Digo tristemente porque algo así podría esperarse de haber sido sumergido en una masa de agua tan grande e impredecible. Fue en una piscina, sí, esa especie de bañera sobredimensionada en la que tendría que haberme movido como “pato en el agua” y en la que acabé moviéndome más como pez, sumergiéndome sin querer sumergirme, con tan poco control de mi pequeño cuerpo, que cada tanto alguno de ellos tenía que venir a sacarme.

Ese baño en Capri fue algo parecido al fin. Después de aquella piscina, tuve agua en mi cuerpo por al menos dos o tres días. Parecía más uno de esos seres semiahogados que tosen y escupen agua luego de ser rescatados, que el magnífico espécimen de pato de goma que era hasta entonces. Producía risa o algo de sorpresa, cualquier cosa salvo la admiración de antes. Botaba agua a cualquier hora y en cualquier lugar. Dejaba todo húmedo y con olor a piscina de Capri (si al menos hubiese sido el mar), preciso cuando menos lo esperábamos. Me volví como aquellas aves que se posan en el cableado de las ciudades o en las cornisas y entonces sueltan… algo. Lo mío era agua, nada más, tanta agua como si hubiese absorbido la piscina entera. Me hice una especie de recuerdo de la isla. Y entonces, un día también, tan de forma inesperada como lo otro, mi cuerpo se encendió y resplandecí; una luz blanca surgió desde mi interior y se quedó allí, eterna, inextinguible, en un espectáculo al principio bonito y después, poco a poco, desesperante. Ya no cambiaba de color, ni había forma de apagarme. Iluminaba siempre, día y noche, como esos objetos fosforescentes, aunque ni siquiera necesitaba luz para que iniciara. Así hasta que un buen día, justo en medio de la desesperación, me apagué para siempre.

La época que verdaderamente disfruté fue aquel tiempo en Sevilla. Ese fue el primer viaje fuera de mi patria francesa4. Sevilla era colorida, florecida y calurosa. En primavera tenía un dulce aroma de azahar, mientras que en verano olía a nada, a calor, a aire que no corre, mientras que las cervezas sí iban y venían junto a mí, en una sucesión que se me hacía difícil de contar por aquello de que los patos de goma desconocemos los números.

Ellos tenían una especie de ritual vespertino. Se encontraban a orillas del Guadalquivir justo al lado del Puente de Isabel II, que por lo que sé era una mujer muy destacada que acabó exiliada en Francia, y se sentaban a observar la puesta del sol con una botella de vino y unas galletas saladas en forma de pez. Digo saladas por decir algo, no es que yo las haya probado, ni tan siquiera me es necesario (ni posible) alimentarme. ¿Pero qué otro sabor podrían tener unas galletas con forma de pez?

Casi siempre me ponían a un lado. Veíamos a los piragüistas pasar de arriba abajo o al contrario, no sé bien cuáles eran las direcciones, y de cuando en cuando me tomaban fotos. Así se iba agotando el vino, mientras los pescadores iban recogiendo pertrechos y lentamente se hacía más fresco, mientras las luces de las calles se iban encendiendo, la gente empezaba a volver a casa y la noche descendía como arrastrada por la corriente del río.

Allí había patos también. Patos que se movían con gracia, queriendo dar su propio espectáculo. Pobre patos, patos de verdad, patos sin luces siempre húmedos. Patos que entonces eran como soy yo ahora, patos blancos siempre blancos que lo humedecen todo, patos que van de aquí para allá, a cualquier lado. ¿Adónde me iré yo, ahora que parezco ser más un pato real?5

21022012850


1. Nota del editor. Jambes en el original. En francés no hay lugar a confusión respecto a los dos sentidos del sustantivo “pata”, que en este caso podría incluso haber dado lugar a un juego de palabras con posibilidades desternillantes. Lástima.

2. Nota del editor. Aquí, por ejemplo, se podría haber hecho alguna referencia a la evidente soltería del protagonista o dejar de hacerla y entonces permitir que el lector lo imaginara y acabara riendo de una forma aún más expresiva. Merde.

3. Nota del editor. Probablemente, sábanas.

4. Nota del editor. El protagonista intensifica su acento de por sí ya suavizado, para manifestar sin lugar a dudas que sigue siendo français. Al tiempo, se reacomoda en la silla para distraer la atención del interlocutor de ese punto.

5. Nota del editor. Se intentó por todos los medios que el pato volara en este punto, pero todo acabó en aleteo. No obstante, y como símbolo, el lector puede bien imaginar una salida repentina del pato de goma por la terraza del hotel, en un vuelo poco grácil hacia el horizonte.

Anuncios
Estándar