Al encuentro del hombre sin alma

«Mi dispiace», dice el hombre a través del portero automático, mientras los dos viajeros se miran entre sorprendidos y apurados, ante la evidencia de que el hombre piensa colgar el dispositivo y dejarlos allí en medio de la calle. Les preocupa por una idea irracional de que nunca más podrán comunicarse, de que en cuanto el hombre cuelgue nadie volverá a responder y entonces tendrán que volver a caminar con el equipaje hasta el otro hotel, el hotel original que quedaba precisamente al otro lado, saliendo nuevamente hacia la autovía, por unas cuestas desde las que se contemplaban perfectamente el Mediterráneo y el Golfo de Nápoles. Entonces, en un momento apurado, Viajero No. 2 empieza a articular cualquier palabrería en italiano (o en lo que él piensa que es italiano), creyendo que lo importante es hablar, devolver la vida a ese hombre sin alma a través de la palabra.

Aquel viaje que fue la parte azarosa a cargo de Viajero No. 2 de una larga travesía por el Mezzogiorno italiano —decirlo de esta manera no es más que una pretensión; el recorrido apenas se hizo por la Campania y parte de Lazio—, llevó a Viajero No. 1 un poco a ciegas, un poco dormido como en todos los medios de transporte, a Sorrento y lo dejó en el puerto, desde donde ninguno sabía qué camino tomar. Tal vez el sentido común pretenda disculpar a No. 1 argumentando que este ni siquiera sabía a qué destino lo llevaría No. 2 y que para él Sorrento era un nombre cualquiera, como el de Amalfi o Positano, razón de más para no saber hacia dónde estaba el hotel. Pero de cualquier manera, disculpado o no, ambos viajeros quedaron en la misma situación, perdidos sin mapa, mirándose con la sonrisa condescendiente que precede las “Odisebas”.

Esta fue una de tantas veces en que Viajero No. 1 acabó preguntando al otro viajero si quería que abriera Google Maps y entonces vino la orientación, los sucesos dejaron de estar abiertos al azar o a la mala organización dibromuriana y ambos pudieron más o menos retomar los espacios del viandante, del turista que va por vías transitables para el caminante y no por la autovía, esos terrenos que son tierra de nadie.

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No obstante, el problema es que incluso después de haber cortado camino subiendo por unas escaleras a través de la muralla y habiendo llegado a un punto que parecía el centro de la ciudad, la ubicación del hotel original seguía estando lejos de acuerdo con el mapa. ¡Y lo estaba! Peor aún, por desgracia para el cuerpo que llevaba el equipaje más pesado y no menos para aquel otro de las piernas cortas, el hotel original se encontraba en las afueras de Sorrento, no tanto lejos como sopra, justo al lado de unos acantilados con las maravillosas vistas del golfo que ya se mencionaron. Nadie más caminaba por allí, por supuesto. De cuando en cuando pasaba uno que otro vehículo que a veces entraba a lujosos hoteles con vista al mar, levantados por el camino o, lo que es más correcto, surgidos de entre la parte baja de la montaña, en mitad de la nada, de una nada dorada y con paisajes cultivados de limón, por donde los viajeros seguían andando, sintiéndose cada vez más cerca del destino.

Fue un poco después cuando Viajero No. 2 contó a Viajero No. 1 que Sorrento le traía recuerdos. No precisamente este Sorrento que acaso se podría parecer a las demás ciudades de la Costiera Amalfitana pero no al propio recuerdo de Sorrento; el otro Sorrento, ese que no era una ciudad sino apenas un conjunto cerrado en alguna parte del norte de la capital del Quindío. En el Sorrento de Armenia, Viajero No. 2 aprendió a montar bici —ya se verá en futuras entradas que no quedó bien aprendido— y pasó muchos días de sus vacaciones juveniles durante varios años, observando cómo se hacía adolescente y los deseos confluían en otras direcciones. Fue un poco después cuando Viajero No. 1 escuchó hablar de ese Sorrento y de un burro llamado Madroño, del que rieron y aún ríe No. 2; fue un poco después porque en ese punto ya estaban agotados pero cerca, próximos a la desilusión que los llevaría hasta el hombre sin alma del interfono.

Poco tiempo duraron en el hotel original. Apenas entrados y confirmada la reserva, la chica o el chico del mostrador, alguien tan irrelevante que no se recuerda su género, informó que por desgracia habían recibido una llegada masiva de huéspedes, de manera que la habitación estaba ocupada y los viajeros tendrían que ser transportados en taxi hasta otro hotel donde serían alojados sin pagar un céntimo más. Algo así, algo informativo y polite, algo condescendiente como todo el idioma hostelero; algo que, sin embargo, mantenía cierto espíritu, como si lo dijera un ser vivo detrás de las frases despersonalizadas, a diferencia del «mi dispiace» del hombre que pronto entrará en escena.

Entonces, apenas después de que Viajero No. 2 terminara de columpiarse en una especie de silla-balancín de la terraza, los dos viajeros fueron subidos a un taxi junto a otra pareja desplazada, desconocedores del tipo de hotel al que serían transportados. Primero la pareja fue abandonada en la entrada de un hotel céntrico que parecía estar bien ubicado. Luego, el vehículo terminó por salir del Centro Storico hasta llegar por poco al límite opuesto del área urbana, llevando a unos No. 1 y No. 2 que se sabían cada vez más alejados de la zona turística, y finalmente, sin más, los despidió frente a un portal grande de color blanco.

Las calles por aquella zona estaban vacías, tal vez porque era domingo y los italianos estaban en casa entregados a sus largos rituales gastronómicos y familiares. La única opción era el portero automático; llamar esperando no verse obligados a dar largas explicaciones, decir el nombre de Viajero No. 2, ver el portón abrirse y permitir, por qué no, que un mono con librea cargara el equipaje. En cambio, la respuesta fue el «mi dispiace», esa voz sin emoción a la que evidentemente no le piaceva ni le spiaceva, a esa voz no le importaba porque al parecer no sabía ni quería saber, todo le era tan ajeno o él era tan ajeno al mundo como lo sería el mono con librea.

Una vez pasados al inglés por claridad de la explicación, aunque ya habiendo comprobado que la voz se mantenía displicente en cualquier idioma, los viajeros lograron que se les abriera el portón y atravesaron un jardín solitario al final del cual se levantaba una casona que en otro tiempo podría habría sido un convento o un hospital. Allí dentro, después de un vestíbulo amplio, esperaba la voz sin alma detrás del mostrador; un hombre de edad mediana sin características destacables más allá de su tono de piel oscuro y de su evidente origen extranjero, proveniente quizá de alguna región del Asia Meridional. No hubo sonrisa ni bienvenida especialmente cordial. La impasibilidad del hombre se trasladaba a la perfección desde el portero automático hasta su presencia más tangible. Y allí seguía, sin terminar de comprender qué hacían Viajeros No. 1 y No. 2, como si en lugar de haber llegado a un hotel estuvieran invadiendo una residencia particular.

Dado que la tercera vez es la vencida, al finalizar la tercera explicación, el hombre sin alma acabó por comprender. Entonces y puede que haya sido lo más indignante de todo, enseñó un papel a los viajeros en el que se veía escrito claramente el “Sebastián” referido a Dibromuro, indicando que sí se habían comunicado desde el hotel original y que se le había anunciado la llegada de los viajeros. ¿En qué momento habría perdido aquel ser humano el mínimo gusto por la vida? La situación (en apariencia) paradisíaca de Sorrento había terminado por borrar todo rastro de humanidad en ese personaje, a fuerza de sol, mar y limoncello, a fuerza de ver llegar y partir viajeros ansiosos de playa —casi todas artificiales— y de gelato y cucina sorrentina. Por eso, cuando en el siguiente encuentro entre hombre-sin-alma y Viajero No. 2 se le pidió alguna recomendación para comer, ese ser indiferente se limitó a pronunciar los nombres que venían escritos en el mapa, ni siquiera haciendo el esfuerzo de fingir que los recomendaba sino, apenas recitando como quien repite los números en otro idioma, intentando memorizarlos. Era la versión en negativo del hermoso personaje del hotel en Estambul, guiándonos al restaurante del otro hermoso personaje donde entonces comeríamos no una, sino dos veces, no tanto por la belleza implícita de toda la situación como por el hecho de que él sí lo recomendaba, se involucraba en la respuesta como si él mismo fuese a comer con los viajeros y hasta dejaba que se notara cierto brillo oscuro en la mirada.

«Ci dispiace anche a noi», piensan los viajeros, mientras imaginan la horda de otros viajeros a los que no se les habrá abierto el portón y habrán tenido que deambular por los acantilados, famélicos y deshechos por el sol. Lo imaginan porque quieren sentirse vencedores de ese abismo oscuro casi imposible de atravesar, surgido a través de una voz sin emociones en el telefonillo.

 2012-08-06 12.22.19

Epílogo

A Sorrento la habitan también otros desalmados. Por ejemplo, los administradores de un sitio en el que la Coca-Cola pequeña cuesta 5€, o los dueños de una muñeca diabólica llevada a tomar el sol en las proximidades de otros turistas y locales que no hubiesen querido verse envueltos en tales manifestaciones malignas.

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