Sobre estar en tres países al tiempo (o viajar a Francia y acabar en Suiza)

Haciendo el salto temporal, en aquella escena dos Sebastianes se observan a través de una reja, cada uno con su corporeidad asentada en un país distinto. Lejos de lo poético y simbólico, la verdad es que cada uno quería pasar al otro lado, más que nada por todo el asunto habitual del reencuentro y el abrazo, esas cosas que vienen después de cada viaje cuando toda la historia se cuenta no a dos sino a cuatro manos. A decir verdad, más que buscar la manera de franquear esa barrera que desde todo punto de vista parecía excesiva, lo que deseábamos era que yo pasara del lado suizo al francés de alguna manera; luego marcharíamos sonrientes hacia Mulhouse, donde vendría cualquier plan trazado a medias, aunque siempre mejor trazado que estos otros planes que ocurren cada tanto en Barcelona y que al final se acaban dejando suceder como mal que bien dejamos que nos suceda la vida.

Por supuesto, ya plantados en aquella situación donde se me preguntaba desde el otro lado de la reja qué-hacía-ahí y yo, evidentemente, no tenía alguna respuesta satisfactoria, surgió la revelación de que hacer planes conmigo es una tarea perdida, dada mi habilidad natural para arruinarlos o, más que eso, para obligar al viajero que planea a replantearlos. Para el ejemplo, la idea de Viajero No. 1, que en ese entonces oficiaba de local y por tanto no era viajero en el sentido concreto del término, era verme salir por la puerta de Llegadas sosteniendo un letrero con un mensaje personal encriptado, de esos que únicamente hacen reír o suspirar a la contraparte de la dualidad, y yo, en cambio, en ese giro inesperado de los acontecimientos, acabé saliendo por el lado suizo y no por el francés, sin que hubiera un Viajero No. 1 esperando después de aquella puerta.

Pero, ¿cómo sucede que Viajero No. 2 gira un poco antes por alguna de las salidas del aeropuerto de Basel y termina con sus dos piecitos de ese lado de la reja? La respuesta más probable es que hubo una conjunción de dos hechos. El primero, haber pensado que al final era igual, que ambas puertas llevaban al mismo sitio donde hubiera antes una máquina dispensadora de pizzas —sí, de pizzas, algo muy próximo al horror—. El segundo, que como la tarjeta de embarque indicaba que la llegada era por el lado suizo, Viajero No. 1 estaría esperando por la puerta de Llegadas del lado suizo, ignorando que su residencia habitual estaba en la République française. Parecerá sin duda que tiene mucho sentido —claro que decir esto no es más que esperar la indulgencia—, pero la verdad es que resulta realmente absurdo, más aún cuando al salir y encontrarme en una especie de “mismo sitio” que no lucía exactamente como el mismo, tal vez por la distribución de los bancos, por la ausencia de la dispensadora de pizzas o por las características diferentes del autobús que llevaba directamente a Basel y no a Saint-Louis (¡en Francia!), envié un mensaje de texto escueto y mandatorio: «Estoy en el lado suizo. Te espero aquí».

Ahora bien, ¿por qué la simpleza del mensaje? Porque ni viendo las evidencias que sugerían que había salido por donde no debía haber salido me percataba de que algo no andaba bien, y entonces esperaba que Viajero No. 1 hubiese estado en la puerta de Llegadas o, siquiera, en la puerta de entrada a la Terminal. No contaba con su presencia del otro lado, viendo salir uno a uno a mis compañeros de vuelo, personas sin rostro entre las que habría al menos dos niños llorones, ninguna capaz de descifrar el mensaje escrito en el cartel.

Entonces, ambos anduvimos simultáneamente en direcciones opuestas por el exterior hasta toparnos con la reja. Harían falta algunos elementos para exaltar el drama, pero sí parecía haber alguna alusión cinematográfica a esas parejas separadas en las fronteras, con los dedos entrelazados a través de los barrotes. «¿Tú qué haces ahí?», me preguntaba como si nuestra visión fuese virtual y en lugar de encontrarme en Suiza, hubiese terminado viajando a la Polinesia, a lo que hubiese respondido también con un encogimiento de hombros. Ahí nos quedamos, lelos, atrapados en la situación absurda. Me habrá dicho que no podía cruzar, lo que ya era evidente, mientras mirábamos la autovía paralela que sí cruzaba fácilmente de un país al otro y que se elevaba riendo de nosotros, pequeños viajeros a pie.

Puede que ese día hubiese suerte después de todo. Las amigas de Viajero No. 1 habían ido con él a recogerme. Una de ellas, aparcada en alguna zona del lado francés habrá estado esperando sin saber, mientras que la otra llegó detrás de él a su correspondiente lugar de la reja y después de reírse o saludar o de reírse y saludar, se habrán iluminado sus ideas y entonces habrá dicho que sabía cómo cruzar y habrá salido corriendo —la verdad es que iba caminando, pero solo corriendo se mantiene la tensión en este punto de la escritura— y entrado a la Terminal, justo adonde también yo decido ir después para preguntar de qué manera se cruza o dónde tomar un vuelo Suiza-Francia, del aeropuerto de Basel al aeropuerto de Basel.

El secreto realmente era más simple de lo esperado. Ningún control de pasaporte, ninguna autoridad a la vista salvo, quizás, la visión en las cámaras de seguridad de un viajero que ha salido y vuelto a entrar, ha tomado el ascensor hasta la primera planta (comparación por hacer: la primera planta en Europa es lo que sería la segunda en Colombia, dado que nosotros no contamos el cero. A esto se sumaría, por ejemplo, el entresuelo, que es una creación tan espantosa como la máquina distribuidora de pizzas) y ha cruzado la frontera, ha caminado de nuevo hasta el ascensor y ha descendido a la planta baja, en Francia, recién salvado de las cuestiones inmigratorias, para recibir el abrazo y ver el cartel, tras lo cual viene nuevamente la pregunta «por qué saliste por Suiza».

La verdad es que de todo no queda más que la revelación de lo artificioso de las fronteras. Se erige un límite como un baluarte a la propia identidad, aunque desde ambos lados los paisajes sean el mismo y haya visiones idénticas del horizonte. Para una idea, el EuroAirport Basel Mulhouse Freiburg está divido en dos espacios, especialmente en la zona de Departures: el Schengen, que compartirán algo así como Francia y Alemania, y el suizo (también Schengen; quién entiende), en el que los pretzels se venden en francos y en el que el Sebastián metódico repetirá cada vez que las compras se hacen del otro lado, no sea que los precios o el engorde del abultado PIB suizo, mientras uno piensa qué sentido tiene si, por ejemplo, al cruzar la zona de seguridad y luego de dejar el peligroso producto cosmético de 150 mL, se unen todas las puertas de embarque, de la misma forma como se reúnen los viajeros que al principio no se podían reunir.

Para la posteridad quedaron dos cosas: la historia y la repetida alusión que a veces viene en forma de advertencia, «Sebas, no salgas por el lado suizo. Tú vienes a Francia», y el cartel que no se usó apropiadamente y que sigue sin usarse, aunque la siguiente vez que este viajó al EuroAirport sí haya yo salido por el lado francés. En aquella ocasión, en cambio, el cartel se quedó desperdigado en el asiento trasero del carro del amigo de Viajero No. 1, negándose a esa terrible experiencia de esperar que el viajero salga por una puerta, habiendo salido por otra en un país diferente.

Adenda: para confirmar la particularidad, en este aeropuerto se encuentra una de las máquinas esculturas de Jean Tinguely. “Der Luminator”.

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