Media hora de vuelo

Nuestra tercera llegada a Portugal, esta vez de manera fortuita. De alguna manera, nuestra forma de hacer planes ha sido cuestión de convergencia: una idea inicial, una jornada de búsqueda simultánea a través de Skype y una adaptación a las posibilidades. Al final, todo el asunto se acomoda y hasta tenemos la idea de haber sido resueltos y no de haber cedido al camino azaroso del encuentro. Así que aquel viaje que empezaba en Porto siguiendo dos vías iniciales, tuvo que verse desde otros ojos, como si ambos hubiésemos querido ir a Porto, tal vez encantados por la densa atmósfera lusitana que siempre trae de vuelta la nostalgia ­—casi hasta las ganas de ponerse a entonar un fado—, y no como si Porto hubiese resultado ser la mejor opción para dos viajeros que querían encontrarse y hacer un recorrido por el norte de España.

No era una opción poco atractiva, a decir verdad. Otros viajes a Portugal ya habían dejado una buena imagen: un país plantando cara al océano que lo invade con densas capas de saudade, dándole a veces un aspecto empobrecido y herrumbroso tan auténtico, tan de poesía pessoana, mientras la gente —amable, opuestamente entrañable en comparación con la rectitud orgullosa de otros países europeos— parece querer zarpar. En Porto también habría vino, por supuesto, además de esa buena gastronomía, así que no era difícil vernos en las proximidades de alguna de las riberas del Duero antes de marchar a Galicia. De esta manera se incorporan las ciudades, en ocasiones haciendo ellas de viajeras. Por decir, ¿por qué camino nos llegó Basel? Por el de haber perdido dos trenes a Freiburg.

En aquel entonces Sevilla era mi punto de partida. Por lo mismo, ya era algo habitual el tener que ir a Madrid en AVE o en autobús, ese viaje de seis horas en el que un par de veces alcancé a esbozar un cuento mientras se veían esos paisajes de peñascos marrones y olivos, otra forma de la belleza que esperaba contrastar con el verdor prometido en el norte.

«Mi vuelo dura media hora», me harté de decir y repetir. Dos horas y media en AVE entre Santa Justa y Atocha, cerca de una hora entre Atocha y Barajas, más la eternidad expiatoria de los aeropuertos, gente que ocupa plácidamente la totalidad de los pasillos, para alcanzar un vuelo de apenas media hora. Sí, sonaba risible y extraño, pero aún creíble. Quizás un jet o el uso de una aerovía excepcional, la mística de volar sigue siendo ajena al hombre común. «Mi vuelo dura media hora», dicho hasta uno o dos días antes. «Mi vuelo dura media hora», era como un mantra, una forma de compensar el hecho de tener que salir temprano de Sevilla, hacer todo el recorrido y finalmente esperar por varias horas a Sebas en Sá Carneiro, ante la particularidad de la mayoría de los aeropuertos de no ofrecer Wi-Fi gratuito, de estar escasos en sillas o simplemente llenos, muy, muy llenos, como bien lo manifiestan en España cuando dicen que algo está hasta arriba. Pero no duraba media hora, por supuesto; duraba hora y media desde la perspectiva de avión y viajero. El juego del huso horario, la España franquista que dejó esta zona de la Península Ibérica en el desfase y a mí, incauto y olvidadizo, en un vuelo de hora y media que terminaba en el pasado.

Claro que bien hay que reconocer la buena suerte. El de Porto es uno de los aeropuertos más agradables que he visitado. Amplio, espacioso, incluso tranquilo. Sin internet, obviamente, pero con la atmósfera precisa para sentarse a escribir, aguardando la llegada del segundo viajero. Un tazón enorme de café, del buen café en Portugal, otro contraste evidente con el gusto requemado del café en España que solo a veces resulta aceptable y casi nunca bueno. ¿Por qué si a un lado y otro están Italia y Portugal? Tal vez una cuestión de gusto y los españoles lo prefieren de esa manera. Tal vez el mismo asunto del tiempo hace que el tueste del café en Portugal dure una hora menos que en España. Una hora decisiva en que el café pasa de estar bueno a no estar, a volverse un’altra cosa.

Entonces, mientras la espera, esto fue parte de lo escrito:

IMG-20130522-WA0000En Porto, lectura. Se lee lo siguiente:
“—No me conoces —dijo la máscara con la simpleza proverbial de las máscaras.
—No te conozco —dijo Gustavo—; pero te adivino…”
Disfruto la distribución particular de este aeropuerto. Desde mis gafas (que precisamente ahora pueden definirse muy correctamente como un dónde, un lugar) puedo ver las enormes pantallas que anuncian los aterrizajes. También alcanzo a ver la puerta por la que arribará la salida, si estiro poco el cuello. Pero la distribución va más allá: el plato sobre el que se asienta mi café no tiene en medio esa circunferencia a desnivel en la que se acomodan las tazas, en el centro. Este plato no es concéntrico, desvirtúa esa extraña simetría que buscamos en todo. Este plato se dirige hacia un lado, de tal manera que la oreja de la taza bien puede quedar salvada bajo la superficie de porcelana o puede acabar apuntando al vacío-mesa.
Luego, hasta en ello, este hombre me ha dictado un número de teléfono en portugués. Ah, labor extrema para el desubicado, incluso en este caso en que casi todos los números más o menos coincidían con el español. Lo que es peor; se hizo bien.
Aunque puede ser también que la rara distribución sea compensatoria: el hombre marca el número incorrecto y el azaroso orden de los hechos garantiza que responde la persona que se espera.
No extraña que la elección casual de Porto como destino haya terminado revelándome este café en mitad de un aeropuerto como el sitio correcto para escribir. Incluso la apertura fortuita de un paraguas bajo techo y el movimiento sincronizado de ocho relojes, cada uno con un horario distinto. Este sitio contiene el orden construido desde la regencia del caos.

Hasta ahí la escritura. El paraguas que se hubo abierto me dejó descolocado. Podía ser que alguien lo hubiese abierto para evitar la llegada de aviones a su cabeza, hecho que interpreté como la señal que anunciaba el aterrizaje. Pronto, salía mi compañero por la puerta de Chegadas y empezaríamos el recorrido en el que iríamos por Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco, viajando en trenes y autobuses. Ese viaje que empezó con la interpretación errada de las señales: el paraguas se había abierto bajo techo porque venía de la lluvia de afuera. En Porto llovía y siguió lloviendo hasta el día siguiente. Es lo que tenía aquel pasado GTM +0:00. Es posible que en el GTM +1:00 (Francia y España, por ejemplo) la lluvia arreciara apenas hasta una hora después, lo que hubiese sido tiempo suficiente para nuestra llegada al hostal estando secos. ¿Para cuándo la previsión meteorológica del viaje en el tiempo?

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