Sobre estar en tres países al tiempo (o viajar a Francia y acabar en Suiza)

Haciendo el salto temporal, en aquella escena dos Sebastianes se observan a través de una reja, cada uno con su corporeidad asentada en un país distinto. Lejos de lo poético y simbólico, la verdad es que cada uno quería pasar al otro lado, más que nada por todo el asunto habitual del reencuentro y el abrazo, esas cosas que vienen después de cada viaje cuando toda la historia se cuenta no a dos sino a cuatro manos. A decir verdad, más que buscar la manera de franquear esa barrera que desde todo punto de vista parecía excesiva, lo que deseábamos era que yo pasara del lado suizo al francés de alguna manera; luego marcharíamos sonrientes hacia Mulhouse, donde vendría cualquier plan trazado a medias, aunque siempre mejor trazado que estos otros planes que ocurren cada tanto en Barcelona y que al final se acaban dejando suceder como mal que bien dejamos que nos suceda la vida.

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Media hora de vuelo

Nuestra tercera llegada a Portugal, esta vez de manera fortuita. De alguna manera, nuestra forma de hacer planes ha sido cuestión de convergencia: una idea inicial, una jornada de búsqueda simultánea a través de Skype y una adaptación a las posibilidades. Al final, todo el asunto se acomoda y hasta tenemos la idea de haber sido resueltos y no de haber cedido al camino azaroso del encuentro. Así que aquel viaje que empezaba en Porto siguiendo dos vías iniciales, tuvo que verse desde otros ojos, como si ambos hubiésemos querido ir a Porto, tal vez encantados por la densa atmósfera lusitana que siempre trae de vuelta la nostalgia ­—casi hasta las ganas de ponerse a entonar un fado—, y no como si Porto hubiese resultado ser la mejor opción para dos viajeros que querían encontrarse y hacer un recorrido por el norte de España.

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