Sobre el arte de pedir café

Un café. La frasecilla simple y casi transparente a otros idiomas que puede llegar a complicarse en sus formas más conocidas de espresso, americano, café con leche o la infinita variación de proporciones café-leche, sin tener en cuenta tantos otros posibles aditivos, el volumen y consistencia de la espuma, las temperaturas individuales de sus componentes o la tonalidad final del brebaje en cuestión. Es decir, una frasecilla que podría llegarse a complicar si fuésemos puristas en exceso. Sin embargo, dado que a viajeros No. 1 y No. 2 les basta con una simple combinación de cappuccino y espresso, respectivamente, y que viajero No. 2 desprecia toda forma endulzada de su bebida mientras que viajero No. 1 elegirá siempre azúcar blanco, refinado, malsano, hay poca necesidad de enredar el asunto, o es eso lo que podría esperarse.

El caso es que la complicación tiene que llegar de alguna forma y entonces viajero No. 1 siente cómo lo domina alguna especie de sopor o desconexión sináptica y en lugar de pedir su cappuccino de forma escueta, termina sumido en el letargo y acaba diciendo cualquier cosa de la que viajero No. 2 reirá después.

Esa atmósfera starbucksiana de turismo de masas, que combina la mala escritura del nombre en el vaso, la impersonalidad y la repetición, porque sí, porque es una cadena y como tal tendrían que ser todos sus locales tan parecidos como fuese posible, el arribo de turistas femeninos y masculinos de pelo rubio que hablan por encima de cualquier otro sonido y que luego llevarán a pasear su taza por las calles del centro de una forma chic y bien cuidada, como si transportarán en su interior la mismísima sangre de un dragón; esa atmósfera que los residentes detestan y a la que maldicen mentalmente porque piensan, además, que condenan el pequeño negocio local y que son prácticamente el propio dragón; esa atmósfera a la que algunos viajeros normales, tan corrientes que casi ni se ven, como viajeros No. 1 y No. 2, llegan por la sencilla razón de estar ahí en el momento preciso, justo cuando sienten que es hora de tomar un café y sentarse en un lugar en que puedan hablar inglés y ser tan turistas como son, sin enfrentarse al recurrente localismo de los otros sitios, porque a veces uno se quiere salir de la fabulación de estar viviendo lo auténtico mientras se intenta ser invisible, escapar del safari y ver a otros como uno —aunque rubios—.

Esa atmósfera es precisamente la que modifica los parámetros de conducta de viajero No. 1 y le propicia el absurdo, algo que resultó evidente desde la primera visita conjunta que hicieron ambos viajeros en aquel invierno de 2012 en Sevilla. De aquella tarde quedan dos recuerdos: un trozo de red velvet cake que fue un buen referente de algo gustoso y repetible incluso para viajero No. 2 que a veces traslada su rechazo por lo dulce a tartas y postres, y dos tazas de café de diferentes tamaños que, coincidencia, terminaron por representar correctamente las proporciones reales de cada uno de los viajeros.

Aquel día la lógica de viajero No. 1 sufrió un resbalón al llegar al mostrador. Luego de que viajero No. 2 hubiese pedido algún tipo de café o té —no siempre es el espresso—diciendo tall para indicar el tamaño más pequeño, viajero No. 1 con toda la seguridad de su argumentación mental, terminó diciendo «No, tall es muy grande. Deme uno grande». Voilà. Un café grande, que para el caso de las escalas de viajero No. 1 tendría que ser uno gigante dado que el tall ya era el grande, y que lo acabó dejando en aprietos, por cuenta de esa otra característica tan común en todo el género humano (incomprensible para viajero No. 2) de tener que acabar siempre la bebida.

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La segunda evidencia del problema apareció en un viaje de un día por Zurich. Habiendo llegado temprano desde Mulhouse, después de un recorrido corto en un vehículo particular durante el cual viajero No. 1 y conductor entablaron una buena conversación, mientras viajero No. 2 en cierta forma agradecía que su desconocimiento del francés lo excusara del diálogo, ambos viajeros querían tomar un café y comer algo antes de dar cuenta del turismo. Por supuesto, toda visita a Suiza irá acompañada del miedo a ser robados, no de la forma burda del pickpocket, sino de aquella otra forma civilizada en que lo permite el alto poder adquisitivo. De esta manera surgió la idea de entrar a otro local de la misma cadena estadounidense que estaba convenientemente adelante y que podría mantener más o menos un mismo estándar de precios. Bien es cierto que la lógica eventualmente falla en ambos.

En esta ocasión, viajero No. 1 hizo la precisión de que prefería que viajero No. 2 hiciera la orden por él. La rápida variación del francés al alemán había bloqueado temporalmente su inglés, hecho que no afectó a viajero No. 2, a quien ambos idiomas le eran igualmente ajenos (un poco menos el primero, si se puede). Pero algo extraño ocurrió en el momento preciso. Las dos cajas que estaban en funcionamiento quedaron simultáneamente vacías, los viajeros perdidos entre un puñado de monedas que no siguen los principios del euro y en las que el tamaño es aún más aleatorio que el de los cafés en dicha cadena, dos rápidas irrupciones de los empleados de la tienda diciendo cualquier frase en alemán y viajero No. 1 y No. 2 se dividieron, quedando cada uno a su suerte.

Entonces, más o menos superada esta primera instancia y estando ambos en la espera de sus respectivos cafés, acaso intentando saber cuántos francos suizos habían pagado, llegaron las bebidas. Viajero No. 2 fue el primero en salir venturoso, mientras que viajero No. 1, en un nuevo episodio de estrés, empezó a decir en un correcto español «le dije grazie».

—¿Cómo?

—¡Le dije grazie! No sé, me salió decirle grazie.

Eccolo! Viajero No. 1, que no quería hablar en inglés por estar confuso entre el francés y el alemán, acabó respondiendo en un italiano que, entonces, hablaba un poco menos que ahora. En ese primer episodio se nos reveló que la lengua que sale naturalmente a viajero No. 1 cuando no comprende es el italiano. Beato lui.

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