La ciudad que juntó dos mundos.

En el momento de viajar se escoge el destino más conveniente dentro de la gran colección existente,  luego viene la búsqueda de transporte y del sitio donde se dormirá. Finalizaba el 2011 y con ello terminaba también mi contrato laboral; el invierno era cruel (siempre lo es conmigo), así que buscaba ciudades donde pudiera escapar del inclemente clima.

Además de huir del frío y tomar vacaciones laborales, había una motivación adicional. Fin de año, fin de contrato, sentía que una etapa de mi vida estaba terminando y quería hacer algo diferente aprovechando que nada me tenía atado al pueblo francés en el que vivía en ese momento.  Finalicé el contrato de mi apartamento y entregué las llaves al propietario; aún no tenía muy claro el plan a seguir, la incertidumbre es una constante con la que me ha tocado aprender a vivir. De repente aparece como opción visitar Sevilla, una ciudad que ya había recorrido algún tiempo atrás estando solo.

No era la primera vez que iba a hospedarme en casa de alguien, sin embargo esta vez las cosas eran diferentes. Mes y medio atrás había empezado a hablar con uno de mis contactos de la red de colombianos en Europa. La comunicación se volvió más frecuente, disfrutaba mucho hablar con él y la primera vez que oí su risa quedé encantado; además me dijo que me invitaría a comer tamal cuando fuera de visita a Sevilla. En este momento llevaba dos años por fuera de Colombia, y tenía un antojo absurdo de comer un tamal, además que en época navideña cualquier propuesta de buñuelos, lechona o cualquier plato típico decembrino motiva bastante. Todo apuntaba entonces a  que debía ir a Sevilla, así que dejé mis cosas en casa de un amigo brasilero que vivía en el mismo pueblo, llené mi morral con los 10 kilos que le cabían y emprendí el viaje. Llegué al aeropuerto y no vi a nadie esperándome, así que me senté en una silla y envié un mensaje de texto avisando mi ubicación exacta, treinta segundos después apareció él.

Me dijo que estuvo todo el tiempo allí, que no me vio salir. Resulta que la gente en Europa es alta, o al menos más alta que él. Cuando se está rodeado de gente más grande es muy fácil  desaparecer, o en palabras de él, la inexistencia se manifiesta aún más. Mi versión es que se estaba escondiendo para poder escapar si resultaba que yo era muy feo o un psicópata.

Apenas lo vi, pensé: “Es más bajito de lo que me imaginaba. ¡Pero me encanta!”. Me ayudó con el abrigo (yo venía de un frío espantoso y temperaturas bajo 0, en Sevilla teníamos 15°C, así que moría de calor) y tomamos un bus para ir a su casa. Unos minutos después pegó un salto de su silla (después descubriría que los brincos son algo habitual en él) y dijo: “¡acá nos bajamos!”; medio encartado con mi morral logré salir del bus.

Caminamos unos 10 minutos y llegamos al portal en José Laguillo, su calle. En ese momento no lo sabía, pero esa sería mi casa por los próximos 4 meses y el momento en que esta travesía empezaba.

Postdata: Agradecemos a @vasengard por la foto que acompaña esta entrada. Él fue el primer cómplice de nuestra aventura a dos.

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