Sobre dormirse en los medios de locomoción (o en los laureles)

Soy un desencantado del viaje en avión, eso sin contar la aberración por los aeropuertos. El avión es un vehículo del tamaño de una caja de un electrodoméstico de cocina aunque, como tiene alas, se parece más a la caja cuando se abre y se deja que cuelguen las dos pestañas superiores. Es también tan correcto en sus maneras como el propio electrodoméstico de cocina.

¿Por qué gustar de los aviones, si son tan aparentemente lentos y abstraídos de todo flujo temporal y de lugar? Si están la deferencia, el monsieur, el despliegue de las indicaciones de seguridad durante todo el viaje, la transformación del pasillo en pasarela, los mensajes de la tripulación, de toda la tripulación, el infaltable llanto del niño y el miedo, ese sentir punzante que no, no es alguna saliente del espaldar, aunque puede que también así se manifieste, mientras que afuera nada, apenas si hay nubarrones en el mejor de los casos; tal vez uno que otro risco nevado, otros objetos de la obsesión por la fotografía aérea, y ni siquiera un gremlin devorando el ala o la pestaña superior izquierda de la caja de electrodoméstico.

El avión me confronta conmigo mismo. Como aparte del barullo propio de la masa en el interior no hay nada, porque al avión le falta ese ruido tranquilizador de los autobuses, embarcaciones y trenes en contacto con las superficies —o porque a esa altura los sonidos etcétera, o porque han sido insonorizados para completar el horror, o porque siempre terminan los oídos tapados cuando ya no hay San Chicle que valga—, empieza uno a oírse. Claro que siendo seres tan altamente evolucionados apenas se habla uno a sí mismo, se busca el salvavidas (no inflar en el interior del avión) en la revista con el menú y la oferta de compras a bordo, en el buen libro perdido en el bolsillo del asiento, en la mano invasiva que cuelga al final del reposabrazos o simplemente en el sueño. Entonces, se hace como un viaje en el viaje y se adelantan los relojes mientras la boca se abre como la cueva de Alí Babá, sin importar mayor cosa si el té o el café o si la espalda se rompe en dos partes, no importa porque hay que abstraerse del tedio que son el viaje en avión y su paisaje repetido, no importa porque al menos si se duerme habrá una hora menos, aunque la hora al final demuestre que también sabe esperar y apenas han pasado quince minutos.

Sin embargo, mi problema es que duermo menos y que hasta el mismo Cortázar termina transformándose en algo que no es aburrido (claro que no, enormísimo cronopio) pero que sí es menos Cortázar, vaya uno a saber si también la altura. Y empieza mi angustia por querer bajarme, sí, porque eso es preciso lo que más detesto del viaje en avión, el que no se pueda elegir cuándo presionar el timbre y descender con ese aire libertario del que se apea a la puerta del autobús y avanza por sus propios medios, absorto en la bella imagen de la pantalla de un dispositivo móvil por el que no se ven los transeúntes raros ni los carros desbocados. Suerte tendré de no haber intentado detener un tren o de no haber tenido que bajarme en altamar, pero no es lo mismo en los trenes ni en los barcos, qué diablos, los aviones sí son inaccesibles —mejor dicho, exaccesibles­— y no queda más que esperar y acomodarse y reacomodarse, pensar o mirarse las manos con esa diferencia en el propio gesto que ya advertía aquel Foster Wallace: con los dedos doblados y la palma hacia arriba, los hombres, o los dedos extendidos y la palma hacia abajo en las mujeres.

No es que un viaje de unas cuantas horas en autobús no termine despertando el impulso de arrancarse los pelos, ni que un trayecto de quince minutos en tren por Cerdeña (en estado legal de viajeros olorosos a escasos tres metros) no se gane un sitio en la antesala de los horrores, sino que al menos hay paisajes y paradas y aire natural circulando, acaso acre y con recuerdos de sobaco, pero aire al fin, no esa ironía mal pensada de aquel adminículo entre las nubes.

Por eso hay suerte cuando se tiene compañía, gracias a que las penas se dividen entre dos. Y ahí estaba mi compañero de viajes sacando pastillas de menta y perfumando como loco con su pequeño spray de bolsillo, no sin antes hacerme gestos: la típica torcedura de boca y la arruga en la nariz. Pero luego la cosa no va de tal manera, su enfermedad, pobre, ese síndrome incontrolable del viajero frecuente que se parece a la narcolepsia, apenas su cuerpo percibe el contacto con el espaldar del asiento —con plena independencia de sus características—, el viajero, mi compañero, se queda dormido.

2012-04-15 10.32.00

Esos son nuestros viajes. Cuando llegamos  a aquella ciudad o aquel hermoso pueblecito, puedo inventarme cualquier visión de los espíritus del bosque durante el trayecto; él no ha sentido el viaje. Y cómo, si su forma de viajar consiste en armarse de galletas, subir al medio de transporte (siempre he insinuado que algún día sucederá también en unas escaleras eléctricas) y dormir, dormir hasta la llegada al destino o hasta que el controlador del tren lo despierte exigiéndole el billete. Atención, que hubo aquella historia de un controlador que sufrió un infarto cuando un pasajero dormido se despertó con tal violencia que parecía que iba a atacarlo.

Él no viaja, no, él vive los lugares, uno y otro, pero desconoce lo que hay en medio por fortuna. Si algo he aprendido de esta especie de insomnio viajero es que las carreteras son una sucesión de yos neuróticos, perdidos entre las ganas de llegar. También puede que haya recorridos que se disfruten y hasta alguno en que se haya escrito un cuento. ¿Pero para qué acudir a los buenos recuerdos si con ellos es tan difícil lamentarse? Mejor disfrutar de aquellas posturas aparatosas del compañero de viaje en su trance narcoléptico o dedicarse a descifrar el mensaje onírico que  se le escapa cada vez que un pasajero cruza el pasillo y se dirige con urgencia al baño.

“¿Ya llegamos?”, pregunta con un ojo a medio abrir. Sí, ya hemos llegado.

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