Dos pies en Asia, justo después de la fila

Hay que admitir que la idea inicial del viaje en compañía hace pensar en la duplicidad de visiones. Viajan dos y ya hay dos países, dos ciudades, dos comidas, dos mares —entonces, ¿cuántos gatos habría en Estambul? Hacer el cómputo solo entre aquellos bien peinados, que son la mayoría—. Pero sucede que después de dos años de muchos, muchísimos viajes, ya se ha aprendido tanto de la visión del otro, que se empiezan a entrecruzar las dos ciudades. Es el mismo efecto que causaría el sufrimiento —un, dos, tres por Lyon—. Entonces, si uno se pregunta si verdaderamente habrá habido tanto caos, vendrá ese “Sebas, la ciudad está colapsada” del compañero de viaje, que confirmará que esa idea no proviene de la hipersensibilidad hacia las aglomeraciones, sino que en la votación se decidió por unanimidad que hubo caos. También está la suerte añadida de que los dos viajeros somos Sebas, con lo que el convencimiento de que hemos visto lo mismo juega por doble vía. 

El asunto en este viaje a Estambul es que tuvo diferentes puntos de partida. No era la primera vez que despegábamos de distintos aeropuertos en distintos países a distintas horas. De hecho, ya hay como una sana costumbre de preguntar y preguntar “¿a-qué-hora-es-tu-vuelo?”, hasta llegar a una mediana claridad sobre el plan de encuentro, quién espera a quién, quién busca en dónde a quién y quién sale por el país incorrecto.

Lo nuevo, aquí, era esa pequeña idea de la salida del espacio Schengen. Eso, y la llegada al lado asiático en donde esperábamos, por lo menos, sandías cuadradas y una revisión concienzuda de nuestros pasaportes colombianos. Por supuesto, la aparición mental recurrente de la historia de Billy Hayes exagerada en Midnight Express, no hacía más ameno el viaje hacia Sabiha Gökçen. Pero entonces, estos tres párrafos escritos en mi libreta Moleskine hicieron las veces de interlocutor durante ese vuelo de más de tres horas, mientras el sol iba confluyendo en una lenta dilución hacia la noche. Era alegre dentro de todo el nerviosismo; un diciembre que ya sumaba al menos dos semanas sin esos encuentros caldeados con la luz en plena cara, aunque el invierno barcelonés pudiera sugerir otra idea.

«Estambul empieza con el sol. No propiamente en Estambul, ni siquiera en Turquía, pero empieza con este maravilloso encuentro con el sol de invierno durante todo el vuelo. Las nubes tienen un tono azulado, tan fácilmente comparable con un mar espumoso retenido en pleno tiempo.

Detrás, una niña molesta parlotea. Parece que nunca me pondrán en la zona de los viajeros durmientes. Lo malo no es propiamente el parloteo, sino cada cosa que dice; ha sido buena en desarrollar esa habilidad peninsular de hacer que suene negativo incluso aquello bienintencionado.

Al lado, una pareja turca, joven. Parece una relación tranquila y cómplice, desde la que aún emergen los gestos pequeños como el dibujo del contorno del rostro que le hace él con los dedos».

No hacía frío, no tanto como mis deseos sempiternos de nieve —en cualquier lugar, incluso en el trópico, si cabe— me habían predispuesto. La horda viajera semiordenada descendió del autobús con tanta prisa, que al entrar a la Terminal-cualquiera del aeropuerto, terminé rebasado en los últimos lugares.

No había indicaciones claras. Un hombre gritaba en turco —o en ese inglés tan marcado por el acento que a veces sonaba turco—, por qué fila debía hacerse el control de pasaportes. Algo tan caótico, que dejé de ser Brad Davis y me fui haciendo un Tom Hanks en The Terminal. Nada es como lo esperaba. El rostro sonriente que ya conocía no estaba por ahí buscándome entre esa masa de mujeres con velo y hombres barbados de ojos oscuros. Solo dos largas filas y el inicio borroso a lo lejos. ¿Una para entrar? ¿Una para pasar hacia vuelos nacionales? ¿Una para la bebida y otra para algunos sándwiches?

Confuso, no hice más que aquello que vi posible: el mostrador con el letrero de Visas a unos seis metros, atractivamente solo. Bien sabía que no necesitaba visa, aunque quién sabe, ¿y si el estatus cambia precisamente durante esas cinco horas en que me ausento de casa y la burocracia corre contra todo principio burocrático? Sin decir mucho, acaso un hello despreocupado, entrego mi pasaporte al hombre con bigote del otro lado. No me sorprende del todo, aunque sí me resulta nerviosamente risible que haga un gesto de preocupación o de excesivo interés por mi nacionalidad colombiana. Lo veo ponerse en pie, ir al mostrador del lado justo detrás de otro hombre y leer un listado pegado en la pared, donde intuyo aparecen aquellos países desafortunados y aquellos que para entonces habrán sorteado con éxito las difíciles relaciones internacionales. “No visa”, me dice amable. Claro que ya lo sabía, pero quién dijo que no era bueno tener razones para alegrarse, ya podía dejar de ser Tom Hanks y abandonar venturoso la terminal… ¿por dónde?

El hombre me ha señalado la fila, cualquiera, a saber. Así que con la misma falta de convicción de antes, me pongo detrás de la que veo más corta, lo que no es más que una apreciación optimista: recién han descendido los pasajeros de un vuelo procedente de Moscú. Y ahí, perdido entre un grupo de hombres altos y bien vestidos, con esos rasgos tan claros del Medio Oriente, lucky me, espero.

Es bien sabido por aquellos que me conocen que cada vez que puedo hacer algo mal, lo hago, y que si es imposible hacer algo mal, soy capaz de hacer lo imposible. Varios metros después —unos quince minutos— de una fila enroscada como cola de serpiente, me percato de la particularidad de la zona que he elegido, respecto a la contraparte del otro lado: aquí todos eran turcos; allí destacaban los pelos claros y las pieles rosadas de los viajeros europeos, tan ciertamente perdidos como yo. Por supuesto, me había metido en la fila de ciudadanos turcos, tan acostumbrado a huir en la zona Schengen de aquellas entradas destinadas a ciudadanos comunitarios. Otra vuelta de tuerca de ese continuo aire de no pertenencia, como si mi nacionalidad fuera inclasificable.

Así pues, muy sutilmente logré escabullirme entre una fila y la otra, a la vista desdeñosa de no pocos españoles e italianos, a los que escuchaba quejarse por la lentitud y por el hecho de tener que esperar, habituados a moverse en territorios por donde se les abren espontáneamente las puertas. Inciso: recordar aquellos comentarios por hacer acerca de esa característica europea de soltar las puertas; parece que la energía les alcanza únicamente para abrirlas mas no para acompañar el proceso de cerrado, evitando así el ruido.

Cuánto; ¿media hora o cuarenta y cinco minutos después? Mi pasaporte pasaba conmigo el área de control, con ese sello que pone Giriş y que tan felizmente me hace pensar en el “guiri” con que llaman al turista en España. Que vivan esos gestos cómplices del azar. Recogido el equipaje y ya todo marchando en sincronía: el rostro sonriente visto inmediatamente después de la puerta de llegadas y el taxista con el cartel que pone “Sebastiana” y Hotel Paris, ya a eso de las 8:00 pm. ¡Y era Nochebuena!

—Yo pasé por control de pasaportes muy fácil. En unos quince minutos —responde a mis quejas el otro viajero, que se veía despreocupado y sin estrés, como si en su fila hubiesen dado cócteles o besos.

Helo ahí. En Estambul los viajes de dos empezaron siendo nuevamente dos viajes distintos.

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