Sebastián, el viajero pequeño.

Su equipaje es ligero, pero nunca le hace falta nada. En la maleta siempre estarán el neceser, la tablet que le regalaron sus amigos al finalizar el doctorado y el Kindle, porque viaje sin libros no es viaje para él. Lee en el transporte mientras yo duermo, lee cuando tomo el sol y me acompaña bajo la sombra de un parasol o árbol cercano, lee antes de dormir para soñar con mundos que solo son posibles en la literatura. Mientras sueña parece que se elevara; luego cae, vuelve a elevarse y el proceso se repite entre cinco y diez veces, hasta que aparece el sonido que rompe el silencio de las noches. Prefiere el lado de la cama que esté más alejado de la pared, aunque pienso que eso podría protegerlo de las caídas que sufre en el mundo onírico. 

Cuando se acerca la fecha del viaje, su pasaporte desaparece. No le gusta mucho tomar un avión, aunque es el medio que más utiliza para viajar. Su sentido de orientación es algo mejor que el mío, pero siempre terminamos usando el celular, recurriendo a un mapa o preguntando a la gente (cosa que él detesta hacer). Se interesa por asuntos culturales como exposiciones o proyecciones de películas que probablemente salieron a la luz cuando sus papás aún gateaban. Es quien más aparece en las fotos porque le encanta hacer caras, aunque al final solo le gusten una o dos de las trescientas que le tomo. Evita las multitudes, cualquier otra alternativa es mejor que enfrentarse a una masa de desconocidos cuando se viaja (o en general en todo tipo de circunstancia). Su punto fuerte es la gastronomía, gracias a él descubrí el placer de probar los platos locales y conocer una ciudad a través de su cocina. Nunca faltará alguna de las tres comidas diarias en sus viajes, TripAdvisor resulta su mejor aliado a la hora de escoger el sitio donde comeremos. No habla en exceso, pero está dispuesto a escuchar cualquier bobada que se me ocurra decir y terminamos riendo juntos. Quiere seguir descubriendo el mundo conmigo, y eso me hace feliz.

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