¿Hacia dónde el sentido común?

Aquel viejo asunto de tener o no tener sentido común, ese quejumbroso aditamento que no se relaciona con ninguno de los otros elementos sensoriales y que, sin embargo, ahí puede estar moviendo a un alma considerada hacia el lado derecho de las escaleras eléctricas o recordándole al viajero que puede ser importante anotar la dirección del hotel.

«¿Abro Google Maps?», esa pregunta que deviene luego de esos largos minutos en que observo atentamente el horizonte, intentando entrar en contacto con los dioses para que nos dicten el rumbo por tomar hacia el hotel. O lo que, dicho de otra forma, también puede ser la pregunta que cuestiona más por la ubicación de mi sentido común que por la del lugar donde intentamos hospedarnos. Pero como no todo es tragedia, he descubierto en estos dos años de viajes juntos que sí tengo ese sentido y he alcanzado a intuir su localización en las proximidades cefálicas de mi compañero de viajes. ¡Helo ahí! Mi sentido común está en @5sito. 

Tendré que agradecer a los dioses —o en su defecto a Google— por esas listas y esas otras preguntas que han antecedido todo el viaje y que nos protegen contra todo peligro. Mi compa estará atento de todo aquel objeto inexcusable: pasaporte, gel de ducha y de manos, mapa de la ciudad, guía al hotel, guía de lugares por visitar, chancletas, cámara fotográfica y un acopio de palabras sueltas en italiano para usar en aquellas ciudades donde el idioma es cualquiera salvo italiano. Por mi parte, solo se llevarían libros.

Al final, quién lo diría, cuando no estamos subidos en el vehículo de la pereza, puedo ser yo el que acabe dirigiendo mapa en mano, mientras él se encarga de un registro fotográfico exhaustivo, que ya hace tiempo me ha excusado de llevar una lamentable cámara de fotos que produciría risas en las masas de turistas orientales. De esta forma, las funciones decisivas se han distribuido atendiendo a los gustos más personales: mientras él captura esquinas, gatos y gestos faciales, yo me dedico a las preocupaciones gastronómicas que se reparten en tres o cuatro por día, una exageración a los ojos de mi compañero (en cambio, gustoso comedor de galletas). Pero él accede y me da gusto o cae en ese truco que consiste en llevarlo por aquellas calles que exhuman olores a cocina. Luego puede que yo ceda lo propio y entonces habrá que ir en busca del sol o del mar, frente a los cuales él se plantará durante tanto rato, que solo el poniente y la delgada línea de sombra de algún árbol salvarán a los que gustamos del sol como de los niños: de lejos.

Tal vez dentro de todo haya como un aire carente de sentido, una especie de locura que no acabe de manifestarse; si no, ¿de dónde vendrá ese aire tibio y tranquilo que aparece en nuestros viajes? Vendrá de allí, por supuesto, de esa otra historia detrás de los viajeros, de esa armonía nacida del contraste, por algún camino en medio entre mi llegada al aeropuerto al día siguiente y sus planes entre rigurosos y abiertos a las circunstancias; vendrá por esa vía de ese último sentido que, en nuestro caso, es común porque es de los dos.

—Párate ahí, te tomo una foto.

—¿Ya empacaste el pasaporte?

—¡Sebas, mira el perro! —dice, señalando una criatura que en realidad es un pavo.

—¿Te caíste de la cama?

—¿Ya tienes hambre?

—Tenemos que planear nuestras vacaciones.

—¿Abro Google Maps?
—Bueno, sí —digo mientras me aproximo a mirar su pantalla. Así empieza cada uno de los viajes.

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