Dos pies en Asia, justo después de la fila

Hay que admitir que la idea inicial del viaje en compañía hace pensar en la duplicidad de visiones. Viajan dos y ya hay dos países, dos ciudades, dos comidas, dos mares —entonces, ¿cuántos gatos habría en Estambul? Hacer el cómputo solo entre aquellos bien peinados, que son la mayoría—. Pero sucede que después de dos años de muchos, muchísimos viajes, ya se ha aprendido tanto de la visión del otro, que se empiezan a entrecruzar las dos ciudades. Es el mismo efecto que causaría el sufrimiento —un, dos, tres por Lyon—. Entonces, si uno se pregunta si verdaderamente habrá habido tanto caos, vendrá ese “Sebas, la ciudad está colapsada” del compañero de viaje, que confirmará que esa idea no proviene de la hipersensibilidad hacia las aglomeraciones, sino que en la votación se decidió por unanimidad que hubo caos. También está la suerte añadida de que los dos viajeros somos Sebas, con lo que el convencimiento de que hemos visto lo mismo juega por doble vía. 

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Sebastián, el viajero pequeño.

Su equipaje es ligero, pero nunca le hace falta nada. En la maleta siempre estarán el neceser, la tablet que le regalaron sus amigos al finalizar el doctorado y el Kindle, porque viaje sin libros no es viaje para él. Lee en el transporte mientras yo duermo, lee cuando tomo el sol y me acompaña bajo la sombra de un parasol o árbol cercano, lee antes de dormir para soñar con mundos que solo son posibles en la literatura. Mientras sueña parece que se elevara; luego cae, vuelve a elevarse y el proceso se repite entre cinco y diez veces, hasta que aparece el sonido que rompe el silencio de las noches. Prefiere el lado de la cama que esté más alejado de la pared, aunque pienso que eso podría protegerlo de las caídas que sufre en el mundo onírico. 

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¿Hacia dónde el sentido común?

Aquel viejo asunto de tener o no tener sentido común, ese quejumbroso aditamento que no se relaciona con ninguno de los otros elementos sensoriales y que, sin embargo, ahí puede estar moviendo a un alma considerada hacia el lado derecho de las escaleras eléctricas o recordándole al viajero que puede ser importante anotar la dirección del hotel.

«¿Abro Google Maps?», esa pregunta que deviene luego de esos largos minutos en que observo atentamente el horizonte, intentando entrar en contacto con los dioses para que nos dicten el rumbo por tomar hacia el hotel. O lo que, dicho de otra forma, también puede ser la pregunta que cuestiona más por la ubicación de mi sentido común que por la del lugar donde intentamos hospedarnos. Pero como no todo es tragedia, he descubierto en estos dos años de viajes juntos que sí tengo ese sentido y he alcanzado a intuir su localización en las proximidades cefálicas de mi compañero de viajes. ¡Helo ahí! Mi sentido común está en @5sito. 

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