Comida en una casa de familia

Este recuerdo empieza con algunas frases que quedaron después de aquel día:

“Una familia que se repite y se transforma fácilmente en todas las familias.

Sentarse en torno a la mesa y hablar de comida, de ciudades, de variaciones idiomáticas. La confluencia de uno y otro lenguaje como en un juego sin reglas. Los movimientos fáciles y expertos de la madre alrededor de los objetos de cocina; la destreza en la sustitución de un plato por otro sin que haya ruptura de los ritmos de la media tarde. Así hasta el final, desde los primeros vasos de vino casero hasta el sorbo de la última gota de café, antes del licor de mirto.

La conversación fascinante de una pareja mayor que calla o participa en cada instante preciso. El intercambio de historias sobre la fundación de la isla, aquello que revela su propia presencia en mitad de la mesa y que no acaba por ubicarse de la forma correcta en el tiempo.”

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Sevilla

Los mil y un recuerdos de Sevilla.

Sevilla siempre será un lugar especial para nosotros, fue allí donde empezamos nuestras travesías y odisebas juntos hace más de dos años. Sevilla es el sol de invierno que alegra el alma; es las caminatas al lado de las murallas o entre calles estrechas intentando no perderse ni ser atropellado por carros y motos. Sevilla es los atardeceres en el Guadalquivir tomando vino y riendo de la vida; es encontrarse con procesiones en cada calle en plena Semana Santa, es tomar un coctel llamado “Sangre de Cristo” en un bar lleno de figuras religiosas. Sevilla es beber “tinto de verano” en invierno, primavera, verano u otoño; es comer tapas y tomarse una cervecita, un vinito o incluso una jarra de “agua de Sevilla”; es arquitectura mudéjar y encontrarse una iglesia cada tres cuadras.

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Comentarios ficticios (traducidos) de un pato de goma francés.

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Mi nombre es Jean (se abre al parlante ese listado de posibles formas de decirlo, todas incorrectas). No sé cuántos años tengo, pero calculo un mínimo de tres. Mi fisonomía cumple correctamente las expectativas del público, al menos en lo que se espera de un pato de goma. Claro que, un poco aparte del parecer habitual de que el pato de goma debe ser amarillo, mi color es blanco, muy, muy blanco, aunque en ese estado de excitación que surge en los anocheceres, mi cuerpo adquiere tonalidades luminosas que van en un ciclo de rojo, verde, amarillo, magenta, azul… O eso es lo que ocurría antes. Luego vino esa época en que fui poseído por algún tipo de espíritu luminoso y me veía como imbuido por un éxtasis, tan radioactivo y deslumbrante que a veces paraban sobre mí prendas humanas de todo tipo: la t-shirt, la veste, les chaussettes e incluso la joupe que surge de algún lugar misterioso. Todas cegándome, separándome del resto de ese entorno habitualmente de dos (tres conmigo), que se movía casi de forma continua bajo el sol mientras aquellos dos intentaban descifrar la ruta o deambulaban buscando restaurantes que algunas veces terminarían siendo sosos, en contra de lo que podría yo esperar desde mi silencio, viéndolos ir y volver intentando decidirse. ¿Por qué tardan tanto para todo? Puede ser que ellos no lo perciban de la misma manera, dada la libertad que les confieren sus patas1 humanas, mientras que yo soy casi dependiente en mi totalidad. ¿Qué criatura cruel pudo haber diseñado los patos de goma sin patas2? Mejor aún, ¿qué otro ser sin corazón nos habrá sacado del agua de la bañera y habrá decidido llevarnos por el mundo bajo su regencia totalitaria?

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